29 de marzo de 2009

Estructura y desplazamiento, el caso de El túnel de Ernesto Sábato

Marzo 27, 2009

Quizá el primer Hombre fue aquel que dio cuenta de sí mismo. Tal vez, entre maravilla y aberración del orden natural, este primer Hombre fue aquel ser en el que se infiltró la duda del espíritu, cuestionando la pureza del alma. Con ello pactó su soledad, y por lo tanto la necesidad de explicarse y comunicar esa angustia: quizá de ahí nació la palabra. Luego vino el lenguaje, y con él los mitos, las creencias, etc. Si fue una especie de autorreflexión la que dio origen al primer homo sapiens, de ese orden, sapiens sería un nombre irónico, incluso utópico, pues el primer hombre, al preguntarse sobre su existencia, sobre razón y sentimiento, al encontrar el eco como respuesta y llenarse de miedos, inventó por ejemplo mitos etiológicos, fundó su razón de ser, echó raíz, creó estructura, se agarró de ahí y se puso a dormir: dejó de pensar. Y en ese pernoctar, como dicta cierto dicho, se lo llevó la corriente, a él y todos sus fundamentos: fueron desplazándose de manera constante e ineludible. De esta suerte, podríamos aventurarnos a pensar que los fundamentos de la existencia nunca desaparecieron, incluso fueron estructuras que duraron mucho, que dieron respuestas semiperennes. Probablemente el hombre que encontró dichos modelos satisfactorios, les miró más de cerca y encontró una fecha de caducidad. De ahí la derivada búsqueda eterna: las religiones, las ciencias, el conocimiento, la sed de sabiduría, etc.
A medida que la Historia avanza, parece que dicha búsqueda, dichos desplazamientos, para decirlo de otra manera, se escinden y recaen, por lo tanto, en bases menos sólidas que a su vez perecen con mayor velocidad, retroalimentando hasta la desarticulación integral el propio ciclo. Dicho de otra forma, el cambio acelerado en el último siglo, ha traído como consecuencia, desplazamientos estructurales cada vez más veloces, y por lo tanto, no una pérdida de identidad, sino una fractura de la estructura identitaria, un continuo desplazamiento fracturado, como las ramas de un árbol que crece al cielo, aunque en mejores palabras, podríamos figurarnos las raíces de dicho árbol hundiéndose infinitamente bifurcadas hacia el propio infierno. ¿Pero que relación podrían tener estas divagaciones filosóficas con El tunel? Aquí es cuando entramos en materia. Por una parte, la riqueza en la novela radica en su “auténtica rebelión y la verdadera síntesis que nunca separó lo inseparable”, pues no es el objetivo ensayo filosífico, ni la subjetividad de la realidad explicada desde el yo. (Sabato, 1963: 22). Por otra, y en materia de contenido, El tunel parece confirmar que no hay pérdida de arraigo, sólo desplazamiento y que éste conduce hacia la soledad y la nada, hacia túneles que corren paralelos. Quizá la misma muerte, valga la metáfora extinta, no sea siquiera la salida del túnel, como lo propone Sábato, sino su confirmación y refuerzo.
Ya desde la infancia, como afirma Wainerman, el autor argentino parecía comenzar a descubrir estos túneles desde su ventana, “pues a través de ella contemplaba todo el universo” (19). El mismo autor lo confirma al decir que le “parece difícil escribir algo profundo que no esté unido de una manera abierta o enmarañada a la infancia” (Sábato, 1963: 19). El papel de observador parecía que Sábato lo portaba entonces desde pequeño. Y es justamente a través de este rol espectador, que el autor escribe la novela El Tunel, evidenciando el desplazamiento estructural del que se hablaba en la introducción de este análisis, y que ha llevado hasta el vacío al hombre moderno. Juan Pablo Castel, protagonista y narrador de la obra, encarna dicho problema existencial. El mismo Sábato, en El escritor y sus fantasmas, defiende esta universalización a través del puntualismo: “la novela más extremadamente subjetiva, de una manera más o menos tortuosa o sutil nos da un testimonio sobre el universo en que su personaje vive”(19). En Juan Pablo Castel existe un debate entre lo racional y el profundo sentimiento, cuyo resultado es la apreciación del vacío moderno.
Dicha lucha interna en Castel, entre alma y espíritu, es conciente: “esa maldita división de mi conciencia ha sido la culpable de hechos atroces” afirma el personaje (Sábato, 1948: 117). Esta condición permite el desdoblamiento del personaje, que a veces actúa como detective y a veces cómo asesino. Ese será el juego doble que se extiende a través de toda la novela. Por una parte, el personaje razona demasiado y se compara con un capitán que fija matemáticamente todas sus direcciones “pero que no sabe por qué va hacia ese objetivo” (85). Sin embargo, su alma le hace presentir “a veces [...] que nada tiene sentido”, que la vida es como “la comedia inútil” (86) o que “debajo de [sus] arquitecturas y de la cosa intelectual había un volcán pronto a estallar” (157). En otras palabras, la batalla dual que libra consigo mismo le lleva a despreciar al mundo (será por encontrarle culpable de dicha guerra), aunque comprende que forma parte de él (119).
La única salida posible para el personaje es la misma que él cierra: el amor. Si vivir consiste en construir futuros recuerdos, esos recuerdos estarán tejidos con melancolía y desesperanza, reflejo del vacío de la época, a menos que el amor salvador se interponga entre uno y el mar, como lo dice metafóricamente María en su segunda carta a Castel. Será este sentimiento que le hará cambiar incluso las ahincadas percepciones antes expuestas. Al narrar su primer encuentro con María, describe como “el mundo había sido [...] un caos de objetos y seres inútiles” (77). El narrador llega a pensar que el amor se convertiría en fundamento y estructura suficiente para su existencia. Ocurre el desplazamiento, el vacío se llena momentáneamente. En el amor, sin embargo, encuentra un momento mágico que “no se volvería a repetir nunca”(138). Aún así, prefiere creer en dicho sentimiento, aunque a veces “tenía que [dejarse] guiar únicamente por la lógica y debía llevar, sin temor, hasta las últimas consecuencias, las frases sospechosas, los gestos, los silencios equívocos de María” (152). De esta forma, su conflicto se sitúa entre el amor o la nada: “a medida que avanzaba en estas reflexiones, más iba haciéndome a la idea de aceptar su amor así, sin condiciones y más me iba aterrorizando la idea de quedarme sin nada, absolutamente nada”(156). Sin embargo, en la esperanza de encontrar salida a través de “almas semejantes en tiempos semejantes”, descubre finalmente que María “pertenecía al ancho mundo”, al mundo más superficial y “sin límites de los que no viven en túneles” (160).
De esta manera, Juan Pablo Castel, ese mismo personaje que confiesa sentir tristeza ante la belleza (137) -a manera tal vez nostálgica del génesis que yace en lo más profundo de cada hombre-, asesina a María. Mata entonces su esperanza y se encierra en un infierno cuyos muros serán “cada día más herméticos”(165). ¿Pero, por qué mata a María y no se suicida? “Esa resolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio” confiesa (120). Por otra parte, cabe la posibilidad de que en el desdoblamiento del personaje, sea el alma en vez del espíritu racional, la que incita al crimen, muy similar a la idea de novela que narra supuestamente otro de los personajes: Hunter, el amante de María en la estancia.
Juan Pablo Castel “resulta así una desoladora alegoría de la condición humana” (Correa, 98), reflejo de la angustia existencial que recorría y recorre a la Humanidad desde hace un siglo. El personaje creado por Sábado pertenece a “[...] la raza de artistas a la que siempre [el mismo Sábato ha] admirado [... aquellos] quienes han unido a su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y, en la búsqueda desesperada del sentido, han creado obras cuya desnudez y desgarro es lo que siempre imaginé como única expresión para la verdad” (Sábato, 1998: 91). En dicha búsqueda del sentido, el narrador ocupa su última posibilidad en desplazar sus fundamentos al amor, y el resultado es completamente desesperante. Guardaremos una frase que el mismo autor escribió muchos años después de publicar El túnel y que parece encerrar esta desconsoladora realidad: “Mi vida parece ir acabando como El tunel, con ventanas y túneles paralelos, donde todo es infinitamente imposible” (Sábato, 1998: 146).


Bibliografía

CORREA, Ma. Angélica, Genio y figura de Ernesto Sábato, Buenos Aires: Editorial Universidad de Buenos Aires, 1971.
SÁBATO, Ernesto, (1948), El túnel, trigésima edición, Madrid: Ediciones Cátedra, 2008.
SÁBATO, Ernesto, (1963), El escritor y sus fantasmas, Madrid: Seix Barral, 2004.
SÁBATO, Ernesto, (1998), Antes del fin, Barcelona: Seix Barral, 2004.
WAINERMAN, Luis, Sábato y el misterio de los ciegos, Buenos Aires: Editorial Losada, 1972.

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