24 de marzo de 2009

Etapas del proceso místico en Los pasos perdidos

Marzo 20, 2009

Existe un himno homérico que narra en parte como Hermes, buscando los pasos perdidos de Koré, descendió al inframundo, la encontró esposa de Hades, y finalmente consiguió que la doncella pudiese pasar temporadas de vuelta entre los hombres mortales. En dicho mito se renombró a la hija de Zeus y Démeter como Perséfone, ganando además el símbolo de la riqueza oculta en la Tierra y ocasionando el desarrollo de un culto de misterio en el templo de Telesterion(**). Ésta y otras historias dan cuenta del fausto imaginario griego, del aprecio y explicación del mundo a través de mitos: irreales maravillosos. En contrapunto, a diez mil kilómetros de Grecia, a más de tres mil años de Historia recorrida, un gran escritor cubano concibe lo real maravilloso, y habla de “una realidad que es de por sí maravillosa, de una maravilla ya hecha y tangible, puesta allí al alcance de la mano” (Márquez 50), concretamente en Hispanoamérica. Ceñido a este “mundo que no ha acabado de pasar por el tamiz de la palabra” (Celorio 76), Alejo Carpentier, en su novela Los pasos perdidos, realiza un viaje a través del tiempo histórico: una ascesis que en su avance adscribe algunos de los mitos más universales a las riquezas manifiestas de una realidad maravillosa.
La pregunta surge inmediatamente, ¿cuál es entonces el detonador de la búsqueda, la mística llamada que pareciera insignificante o sorpresiva y que da inicio a la narración de Los pasos perdidos? Parecen ser varios factores: la música, la búsqueda de la libertad, la desalineación, el lenguaje de infancia. Dice Zulma Palermo que por la música, el narrador inicia su peregrinaje y por ella decide también su retorno irreversible (101). Pero antes de sostener dicha argumentación, se deben hacer otras observaciones. Así, se tiene que el personaje comienza su narración describiendo “una tremenda sensación de soledad”(Carpentier 23) en “aquella ciudad del perenne anonimato dentro de la multitud, de la eterna prisa”(40), sensación que le obliga a gritar “¡Vacío! ¡Vacío!”(34). Sumergido en una vida rutinaria, en un trabajo alienador (Márquez 447), en un matrimonio anónimo, se da cuenta “lo difícil que es volver a ser hombre cuando se ha dejado de ser hombre”(Carpentier 34), añorando “ciertos modos de vivir que [...] había perdido para siempre”(45). Sin embargo, y aquí parece saltar a la vista la sutil señal mística, anota el mismo protagonista al principio de su narración que “debemos buscar el comienzo de todo, de seguro, en la nube que reventó en lluvia aquella tarde, con tan inesperada violencia que sus truenos parecían truenos de otra latitud” (27).
Bajo este contexto, el protagonista, acompañado de su amante Mouche, se involucra en un viaje que surge como consecuencia de la labor que desempeña como investigador musicólogo. Bajo la consigna de encontrar cierto instrumento musical muy antiguo pero aún en uso por alguna tribu, llega a un país hispanoamericano donde inmediatamente hay algo que le “penetra lentamente por los oídos, por los poros: el idioma”(49). Así “los cambios de altitud, la limpidez del aire, el trastorno de las costumbres, el reencuentro con el idioma de [su] infancia” operan en el personaje “una especie de regreso [...] a un equilibrio perdido hacía mucho tiempo”(72). A partir de este punto, la obra toma notoriamente la forma de diario en el cual, entre otras, “la misión del artista [...] es la de descubrir lo maravilloso de esa realidad” (Márquez 51).
Por lo tanto, cabe proponer que dicho inicio del viaje corresponde también al de una etapa negativa, de noche oscura, donde el protagonista irá despojando convicciones y creencias a través “el encuentro de realidades que contrariaban singularmente las enseñanzas de [su] padre”(88). Sin embargo, el recorrido significativo comienza una vez que el personaje alcanza la selva. Esa “nación escondida, mapa en clave” (119), le va llevando por pueblos para los cuales “era más interesante conservar la memoria de la Canción de Rolando que tener agua caliente a domicilio”(117), como la Tierra del Caballo donde “parecía que el hombre fuera más hombre”(109), o la Tierra del Perro, “un mundo ya sin caminos”(115).
En dicho escenario, su amante Mouche “era un personaje absurdo”(139) por representar todo lo que había dejado atrás en el país originario. Esto le lleva a acercarse a otros personajes significativos, en especial a la nativa Rosario, una “viviente suma de razas [que] tenía raza”(82), a través de la cual alcanzará incluso “los ritos primeros del hombre”(124). Finalmente Mouche partirá enferma, cerrando una parte de la existencia del narrador (142) y permitiéndole inscribir con Rosario “un pacto que [será] el comienzo de un nuevo modo de vivir”(141).
A lo largo del viaje a contracorriente de lo que bien podría ser el Orinoco, el narrador se relacionará también en mayor profundidad con los demás compañeros de travesía, como al griego Yannes, quien afirmaba haber dejado su tierra por “el mar sin peces, los múrices inútiles, la confusión de los mitos, y una gran esperanza rota” (143). Dicho griego, sin embargo, sucumbirá pronto frente a “la codicia del metal precioso que hacía de Micenas una ciudad de oro”(171), alejándose irremediablemente del grupo.
En resumen, dicho por el mismo Carpentier -citado por Márquez-, “ese viaje hacia las fuentes, [...] a contracorriente, era como una especie de recurrencia en el tiempo” (103). Un viaje que le serviría para contraponer “las fraudulentas ficciones europeas [...] a la realidad maravillosa recién descubierta” (Celorio 112) y que le llevará, ascéticamente a varios encuentros supremos. Así, la palabra creadora, la música, el arte duradero, la coincidencia de tiempos históricos y la dilatación del tiempo narrativo marcarán la iluminación que tendrá el personaje tras su purificación:
“Y en la gran selva que se llena de espantos nocturnos, surge la Palabra” y después “cae, convulsivamente, el Treno” (Carpentier 168)
En esa selva, mundo que libra “una batalla vertical”, el narrador asegurará haber “encontrado en todas partes [...] más instructivos para comprender al hombre que cientos de libros escritos en las bibliotecas por los hombres jactanciosos de conocer al Hombre”( 188). Tras el encuentro del instrumento buscado, y el hecho de asistir al Nacimiento de la Música a través de la Palabra, otro personaje, El Adelantado, le sugerirá visita a la ciudad que recién ha fundado. Tras aceptar y desplazarse, el narrador hallará en aquella tierra un ideal. Tomará por consiguiente la decisión de no regresar a su vieja vida, al Viejo Mundo, al mundo de allá, afirmando frente a cualquier cosa: “no estoy aquí para pensar. No debo pensar. Ante todo sentir y ver”(189). Se encuentra en este lapso de la narración, como acertadamente afirma Márquez, la convergencia en un mismo lugar y en un mismo momento de tiempos diferentes (105). Ya el protagonista lo anunciaba al afirmar: “mi viaje ha barajado para mí, las nociones de pretérito, presente y futuro” (Carpentier 226).
Sin embargo, la distinta visión y actitud que rigen la vida del personaje principal tras el despojo e iluminación que experimentó, no será perenne pues sucumbirá ante “la tercera prueba”, es decir, la tentación de regresar al mundo originario(239): “Un día [se] comete el irreparable error de desandar lo andado, creyendo que lo excepcional pueda serlo dos veces” (239). Así, de regreso en el mundo estéril desde en el cual se situaba al inicio de la novela, el protagonista confiesa sentirse “ajeno a todo esto”(218) pues al verse en un espejo sólo percibe “un cuerpo que está como vacío [...]”(243).
Sin embargo, su justificación y última bandera ante la aparente derrota, será el Arte, pues aunque por un lado es aquello “que puede hacer entrever al hombre la vida en el “valle del tiempo detenido” ya que [...] posee una dimensión eterna que no contradice su proyección en el tiempo”; por otra parte el hombre consagrado a ella debe aceptar el tiempo y el peso de la historia de una humanidad, que lo comprometen y obligan con las generaciones venideras como el mismo personaje lo expresa hacia el final de la novela (Poujol 149). Se alejará en consecuencia, de manera irrevocable, de aquella América en la cual las invenciones eran “el producto de una conciencia colectiva que simplemente se está explicando su mundo, sin falsificaciones, sin engaños, a través de sus mitologías” (Celorio 112).
Hasta ahora se han identificado cuatro grandes etapas de un proceso místico en la novela de Carpentier: la llamada, el despojo, la iluminación, y el regreso al mundo con una visión distinta. Así mismo, el lector tal vez pueda inferir como, de manera mitológica a través del acercamiento a los orígenes de la Tierra y la Historia, Carpentier propone un personaje que rompe el tiempo y el espacio, similar de cierta forma a la Perséfone de algún mito griego. De esta forma se llega a la conclusión de este breve análisis; breve en la medida que Los pasos perdidos es una novela que permite infinitas lecturas. Frente a una obra tan compleja tal vez valga la pena pensar en aquello que el mismo protagonista se preguntaba en algún momento de la narración, “si las formas superiores de la emoción estética no consistirán, simplemente, en un supremo entendimiento de lo creado” (190). Queda aún la interrogante frente a la afirmación de Celorio sobre la vigencia en la literatura hispanoamericana de “la única tarea que el protagonista de Los pasos perdidos creía oportuna: la tarea de Adán poniendo nombre a las cosas” (120). Por lo pronto, sería grato poder decirle a Carpentier que efectivamente “un joven, en alguna parte, esperaba tal vez [su] mensaje, para hallar en sí mismo, al encuentro de [su] voz, el rumbo liberador” (211).
Bibliografía

CARPENTIER, Alejo (1953), Los pasos perdidos, prólogo de Salvador Arias, México: Lectorum, 2002.
CELORIO, Gonzalo, El surrealismo y lo real maravilloso americano, México: SEP, 1976 (Sepsetentas, 302).
MÁRQUEZ, Alexis Rodríguez, (1982), Lo barroco y lo real maravilloso en la obra de Alejo Carpentier, 2ª edición, México: Siglo Veintiuno Editores, SA, 1984.
PALERMO, Zulma, Aproximación a los pasos perdidos en Historia y mito en la obra de Alejo Carpentier, Zulma Palermo et. al., Buenos Aires : Fernando García Cambeiro, 1972.
POUJOL, Susana, Palabra y creación en los pasos perdidos en Historia y mito en la obra de Alejo Carpentier, Zulma Palermo et. al., Buenos Aires : Fernando García Cambeiro, 1972.
**Apuntes de la sesión de la Cátedra Extraordinaria “Filosofía de la Religión”, impartida el 12 de febrero de 2009 por la Dra. Isabel Cabrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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