Que extraño restaurante. En la puerta pendía un letrero amenazante: "Ciudado con el perro". La verdad ni siquiera vi el menú y fue dicha sentencia la que me incitó a entrar.
-Ponme una caña -le dije al de la barra, levantando un poco el tono pues el barullo de voces era acosador.
Observé curioso el tipo de gente, las decoraciones en los muros, la cubertería, incluso la bandeja de la caja registradora. Todo esto buscando la razón por la cual debería yo, o cualquier otro ladrón, tener cuidado con el perro. Nada, absolutamente nada de valor: funcionarios mediocres, copias de retablos famosos, tenedores inoxidables, tres o tal vez cuatrocientos euros en la caja. Como decía, nada. Y sobre todo, ningún rastro del misterioso canino.
Aburrido de cavilaciones sin sentido, la caña vacía y ni rastro de botín, decidí partir. Justo emprendía mi camino hacía la puerta cuando se escuchó un chillido brutal.
-¡Gilipollas! -gritó el despachador alterado- ¿Qué no has visto el anuncio al entrar? Pero que tío tan capullo...
Había arrollado una putada de perro que apenas miré escapar temeroso entre los pies del resto de los comensales...
26 de noviembre de 2007
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