17 de abril de 2009

Borges el hermeneuta conciliador

Il y a des écrivains qui tentent de mettre le monde dans un livre. Il y en a d’autres, plus rares, pour qui le monde est un livre, un livre qu’ils tentent de lire pour eux-mêmes et pour les autres. Borges était de ceux-là.

ALBERTO MANGUEL,

Chez Borges.

Si se parte del principio que señala al ser humano como un intérprete del mundo en que está inscrito, entonces se debe mencionar la pugna que ha existido entre dos grandes corrientes hermenéuticas: guerra abierta entre subjetivismo y objetivismo; lucha aristotélico-platónica en su rastro más histórico más antiguo; batalla entre univocidad y equivocidad; entre arte y ciencia; dicho de una forma más, la voz de la metáfora enfrentada a la de la metonimia. Mucho se ha escrito a favor y en contra de cada una de las doctrinas, mas pocos autores han examinado la conciliación. De manera explícita, Borges presenta el debate en De las alegorías a las novelas, pero al leer su obra, se vuelve constante tácita: parece que la querella de la coincidentia oppositorum -que involucra un racimo de significados en un sólo elemento (Eliade 22)- atraviesa transversalmente la obra borgiana como respuesta a una insoportable realidad. Es ahí que nace la ficción de Borges, como empresa conciliadora de las dos vastas exégesis del hombre en su mundo: el arte de la ciencia y la ciencia del arte; la metáfora metonímica y el reduccionismo alegórico.

La primera, es decir, la metáfora como una forma de conocimiento, Borges la emplea siguiendo de forma ineludible la tradición relativista. El lector atento encontrará en Una vindicación de la Cábala, la afirmación del autor de no querer “vindicar la doctrina, sino los procedimientos hermenéuticos o criptográficos que a ella conducen” (Borges, 1985: 34). En Pierre Ménard autor del Quijote, donde plasma el autor la idea de la reelaboración constante de cualquier obra a través de autor o lector, se halla válida la generalización que Man hace respecto a Borges: “la creación de la belleza comienza [...] como un acto de duplicidad” (146). Defensor del pluralismo interpretativo, también en Pierre Ménard autor del Quijote, Borges afirma que “todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y [...] en el porvenir lo será” (1985: 136). En Los inmortales, la figuración de los hombres inmortales lleva a Borges a conjeturar sobre el devenir ético del mundo. Como última muestra del conocimiento alegórico, en La esfera de Pascal, el autor abre y cierra -interponiendo una serie de cavilaciones en torno a una esfera que tiene su centro en todas partes y la circunferencia en ninguna- afirmando que “quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas” (1985: 307).

En contraparte y de manera simultánea, Borges sopesó la metonimia -la parte por el todo, la analogía pitagórica, la causa al efecto- como génesis de la creación artística. Alazraki, en su ensayo Tlön y Asterión: metáforas epistemológicas, resume por otra vía la misma intención al decir que las proposiciones de la ciencia deben aceptarse no como verdades literales sino más bien como metáforas” (187). En el caso de La biblioteca total, la cita a continuación valga por sí sola como manifestación de antes afirmado:

uno de los hábito de la mente es la invención de imaginaciones horribles[...] yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira” (Borges, 1985: 129)

En otro de sus cuentos (tal vez el más famoso) intitulado El Aleph, Borges narra un esfera donde “están , sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos” (1985: 206), concepto que indudablemente parte del acto analógico. Con el mismo talante, en La escritura del dios, Tzinacán el narrador, tras descifrar en las manchas de un felino las catorce palabras divinas, reflexiona: “un dios sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud” (Borges, 1985: 301); y más tarde: “quien ha entrevisto el universo [...] no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras” (Borges, 1985: 302).

Sin embargo, como lo dijo Anderson, “reparemos ante todo en que su tema –el laberinto- es el más significativo en toda la obra de Borges” (141). Es probable que a través del templo de las Hachas, Borges exprese con mayor destreza la coyuntura de metáfora y metonimia como último recurso frente a la desesperación del enigma inconcluso en su obra. Examinado bajo estos términos, el laberinto, entre otras, es una metáfora del mundo caótico en el que está perdido el mismo Borges por su condición de hombre. Pero es también metonimia, pues representa un caos en el que cualquier parte es igual a otra, como en La casa de Asterión. De esta forma, si arte y ciencia son las pieles con que el hombre visita el mundo, Borges pudiese acaso representar al tintorero enmascarado Hákim de Merv, pues ha trastornado “los verdaderos colores” de dichos abrigos. No obstante, la conciliación de Borges no da respuestas, tan sólo denuncia una situación; pero la pericia con que lo hace ya es de suficiente grandeza para catalogarle de obra maestra.

A manera de cierre, le invito ahora lector, a reinterpretar dos textos de Borges. El primero es el pequeño cuento Los dos reyes y los dos laberintos, uno de mis cuentos favoritos de la literatura. Me gustaría proponer su lectura a manera de metáfora de la lucha entre pluralismo y univocidad que he venido mencionando a lo largo de este breve estudio. Recordemos pues que la narración comienza describiendo como el rey de las islas de Babilonia encierra al rey árabe en su “laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros”: o lo que se podría pensar como el laberinto positivista. Con carácter mordaz, Borges acierta al permitir que el jerarca confinado escape implorando socorro divino. A fuer de revancha, según se avanza en el breve cuento, el mismo rey árabe regresó a su tierra, “juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey”. Monta a su prisionero sobre un camello veloz y cabalgan tres días desierto dentro. Una vez ahí, desata las ligadura y le abandona a la mitad de su laberinto alegórico.

Respecto al segundo texto, debo remitirme a mi temprana juventud: mi madre leyéndome el poema El laberinto mientras íbamos por carretera hacia algún destino que no logro recordar. “¿Qué te parece?”, me preguntó. En aquel entonces yo no conocía si quiera el mito del Minotauro, y a lo sumo le comenté que el poema me parecía cargado de fatalidad por las imágenes y palabras que empleaba. Mi madre me relató entonces el mito donde Teseo da muerte al Minotauro y releyó de inmediato el poema. El resultado me dejó impresionado pues las frases se hincharon de nuevos y hermosos significados. Sin embargo, la pequeña aventura hermenéutica aún no terminaba, pues en la época yo no conocía mayor detalle sobre Borges: mi madre relató su paulatina marcha hacia la ceguera para después recitar una vez más el poema. El resultado me conmovió profundamente. En esta ocasión, bajo el marco de las ideas expuestas a lo largo de este texto, me permitiré aumentar una cuarta lectura de la ansiosa voz encerrada en dicho poema: ¿es la palabra del Minotauro en guisa de Ciencia o aquella del gran Borges como blasón del Arte?

El laberinto

Zeus no podría desatar las redes

de piedra que me cercan. He olvidado

los hombres que antes fui; sigo el odiado

camino de monótonas paredes

que es mi destino. Rectas galerías

que se curvan en círculos secretos

al cabo de los años. Parapetos

que ha agrietado la usura de los días.

En el pálido polvo he descifrado

rastros que temo. El aire me ha traído

en las cóncavas tardes un bramido

o el eco de un bramido desolado.

Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte

es fatigar las largas soledades

que tejen y destejen este Hades

y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.

Nos buscamos los dos. Ojalá fuera

éste el último día de la espera.

JORGE LUIS BORGES,

Obra poética

Bibliografía

ALAZRAKI, Jaime, Tlön y Asterion: metáforas epistomológicas, en Jorge Luis Borges, serie El escritor y la crítica, edición de Jaime Alazraki, Madrid: Taurus, 1976.

ANDERSON IMBERT, Enrique, Un cuento de Borges: “La casa de Asterión”, en Jorge Luis Borges, serie El escritor y la crítica, edición de Jaime Alazraki, Madrid: Taurus, 1976.

BORGES, Jorge Luis, (1967), Obra poética (1923-1967), Buenos Aires: Emecé Editores, octava edición, 1969.

BORGES, Jorge Luis, (1985), en Ficcionario: una antología de sus textos, ed., intro., prólogo y notas de Emir Rodríguez Monegal, Colección Tierra Firme, México: FCE, 4ª reimpresión, 2003.

ELIADE, Mircea, (1952), Images et symbols:essais sur le symbolisme magico-religieux, Colección Tel Gallimard, Mesnil-sur-l’Estrée: Gallimard, 2004.

MAN, Paul de, Un maestro moderno: Jorge Luis Borges, en Jorge Luis Borges, serie El escritor y la crítica, edición de Jaime Alazraki, Madrid: Taurus, 1976.

MANGUEL, Alberto, (2003), Chez Borges, Trad. del inglés por Christine Le Boeuf, Colección Babel, Arles: Actes Sud, 2006.


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