11 de enero de 2008
sueño de una noche de enero
Algún elemento confirma la inminente metástasis que ataca mi cuerpo. Hacía segundos hacía una página de Internet para un arquitecto. Busco a mi padre y el me acompaña: estamos en una habitación, la de mis padres en la casa de Fernández Leal. Decido que es momento de tomar una píldora eutanásica. Pequeña, redonda y amarilla la vierto en mi garganta y la paso con agua. Voy a morir, lo sé, y sin embargo estoy tan tranquilo como frente a un clarinete desarmado. El efecto no tarda en aparecer: mi garganta comienza a cerrarse poco a poco sin dolor. No puedo respirar, mi padre me abraza (estoy a su lado derecho) por encima del hombro. Mi madre aparece en escena y le pido antes que nada que le llame a Dunia y le pase el contacto del arquitecto para que ella termine la página de Internet. Luego le pido que se acerque y me acompañe. Ella se niega llorando. Lo siente y se disculpa angustiada pues la ha cansado y hecho sufrir hace poco la muerte de mi abuela. Despierto sobresaltado, la mañana despunta, es hora de emprender camino hacia la calle de Bolívar y comprar el clarinete.