Hace dos días cumplí finalmente uno de mis caprichos más íntimos: un clarinete. Después de recorrer desde la Yamaha hasta la calle de Bolívar pasando por el local de los hermanos Olarte en la calle de Pescaditos (ahí junto a San Juan de Salto del Agua), conseguí un si bemol, lo que viene siendo el estándar en clarinetismo. Es el principio de una fantasía a la cual recurría consistentemente: la de interpretar un instrumento de viaje: esto es, en otras palabras, un instrumento ligero y pequeño, que además de ser monomelódico y cálido, resulta ideal para las improvisaciones.
Mi memoria me sugiere que la idea de la clarinette, como el francés recomienda, surgió una tarde que paseaba mi mirada por Coimbra y su Mondego, allá en la península donde, según cierta geopolítica, comenzaba el Africa antes del fin de las dictaduras ibéricas. La nostalgía sínica de la alegría de vivir reformulaba ese nudo gorjeador, y algo me decía que sino lo sacaba de alguna forma, aquel sentimiento se convertiría en veneno puro. Me dieron unas ganas incontenibles de gritarle unas notas al paisaje y que mejor que un aliento para dicho efecto.
Luego de mi primera clase, el profesor Gizeh me deja claro que un clarinete fabricado de madera es suceptible a los cambios de temperatura. Un aire frío en el ambiente no viene a buen contraste con el viento cálido que le da voz desde el interior, y la experiencia puede terminar en la fractura del cuerpo. Entonces la idea de tocar el clarinete en el campo europeo o ártico durante un invierno resulta evidentemente descabellada y suicida.
La taquicardia inminente, el mareo y el dolor de cachete son síntomas que no deben desalentar (en sus dos acepciones) al principiante de los alientos.
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¿Y cuándo llegaste?, me preguntó la desconocida que me abordó mientras esperaba a mi madre a la salida del Yoga. Después de quince minutos de conversación fingida recordé quién era. Mónica Galindo (no recuerdo si es verdaderamente su apellido) chacoteo conmigo durante la primaria Exea. Años más tarde, viviendo en París, recibí una llamada telefónica interpretada con voz femenina juvenil. Era la misma Mónica que trabajo me costó reconocerla crecida y casi titulada actuaria: nos vimos en el Pont des Arts dos días antes de que continuara su viaje hacia Damasco (esto me lo recuerda ella durante la plática fuera del Yoga).
Durante el camino de regreso a casa le comento a mi madre la anécdota recién sucedida. Me lamento pues pienso en cuantas otras experiencias estaré borrando o confundiendo en mi cabeza tan poco organizada.
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15 de enero de 2008
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