–Señorita, disculpe, pero no puedo dormir con tanto viento, ¿le molestaría cambiarse de ventana?
Julieta se retirará amable de la cornisa, cuidando de no caer los veinte pisos que la separan del ras del suelo, pero no cortará aquel silbido con respiración circular que le ha costado dos años de academia y más de un ventanazo en las narices. Agosto, septiembre y octubre son temporada fuerte –la única temporada de hecho– y no se puede dar el lujo de renunciar a su digno trabajo por cuidar el caprichoso sueño de un ciudadano. Además, nueve meses al año se aburre en una peluquería soplando el cabello de los clientes hasta secarlo.
¡Otoñeros! –había dicho meses antes el jefe de gobierno–, ustedes son la vértebra de la capital en estos meses, id por la ciudad y haced de estos días y noches los más melancólicos del año.
Julieta, como todos los demás otoñeros, cumplirá su labor con precisión quirúrgica. Ahí están, por ejemplo, los pintojas, quienes pasan horas colgados entre fresnos y cipreses. Tienen un cinturón con cinco botes; cada bote atesora un tono diferente: ocre, carmesí, dorado, naranja y exprés doble cortado. Atraen una rama cuidadosamente y entonces, en una pequeñísima vasija mezclan dos, tres y hasta cuatro colores; a veces escupen también ahí dentro. Luego mojan un pincel de cerdas de chancho y barnizan escrupulosos frente y vuelta de cada una de las hojas. Con paciencia y salivita transforman calles y parques y azoteas verdes en apacibles mares aleonados. Vale la pena recordar la huelga en el otoño del 84 cuando la secretaría de arboledas y camellones mandó plantar arbustos de romero a lo largo de la avenida Chinconcuac. Fue terrible.
Detrás de los pintahojas vienen los tirojas. Este grupo de élite posee varios métodos, aunque los más comunes son obvios: agitar vigorosamente los troncos o desplumar rama por rama hasta volver esqueléticas las maderas. Trabajan en complemento con los tirojas costaleros. Estos últimos sólo actúan cuando las calles presentan dificultades, como no tener árboles o estar cultivadas principalmente de cactáceas. Se les puede encontrar por las noches vaciando grandes costales de hojas secas importadas desde Brasil, esparciéndolas luego con exasperados puntapiés. Estos sacos extranjeros cuestan aproximadamente 0.067% del presupuesto nacional y se sabe que el 58% de los brasileños subsisten gracias al comercio hojil.
Los venteros, como Julieta, trabajan en paralelo a los tirojas. Soplan silbando y a veces silban soplando, depende de que tan rápido tiran las hojas los tirojas. Es común que el arroz se cueza entre trabajadores de uno y otro grupo. Julieta, de hecho, se casó con Pepe quien, fuera de temporada, trabaja en un rancho de pollos muertos extirpándoles las plumas como si tratara de hojas de árbol miniatura (bonsáis para los conocedores).
Los otoños son entonces grandiosos. Los ciudadanos se postran en las ventanas y casi lloran cuando miran los atardeceres.
La última quincena del último mes de otoño, comienzan a circular los siniestros barrenderos con amenazantes escobas y recogedores oxidados y cascos de hockey. Los antes melancólicos ciudadanos suelen abuchearlos e, inclusive, arrojarles piedras de río. Su presencia equivale al final del otoño. Existe una especial agitación en cierto grupo de la población y en todos los almacenes se agota la pintura blanca. Pronto aparecerán miles de refrigeradores sobre las avenidas funcionando al máximo con las puertas abiertas. Julieta volverá a la peluquería y Pepe al rancho de pollo muertos, aunque está considerando montar una clínica de depilación pectoral.
5 de diciembre de 2010
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