Me mudé a éste departamento tres meses después del deceso de mi abuela materna. Las primeras noches fueron difíciles: dormía con las persianas abiertas, las puertas cerradas, incluso una lámpara de taburete encendida a mi lado. Despertaba temprano y no lograba conciliar nuevamente el sueño. Al llegar y abrir la puerta del departamento saludaba (y saludo) cortésmente a mi abuela y sus posibles invitados a manera de ritual y respeto. Para mis primeras visitas de amigos me acercaba al retrato de la boda de mis abuelos que pende sobre el muro del comedor y encarecidamente pedía entre permiso y perdón por profanar el entorno. Evidentemente mis ímpetus sexuales se habían quedado bien guardados en el armario. Me preguntaba si sería capaz de invitar alguna chica a dormir aquí. Es más, me prohibía tácitamente la masturbación.
Pero una noche rompí esta regla tan básica y regular que me había impuesto. Mi deseo fue superior y corrompí mi sexo. La eyaculación fue brutal. Inmediatamente después fui presa de remordimiento, de miedo, de autodecepción, verguenza. ¿Dónde quedaba el respeto que debía guardar en una casa dónde no sólo había vivido mi abuela sus últimos días, sino donde habían crecido mi madre y sus hermanos, dónde yo había jugado desde pequeño, dónde había aprendido a cocinar pulpos a la gallega y había incomprendido el significado de tanto catolicismo? Me culpabilizaba menos el haber llevado a cabo el desalojo de amor por vías urinarias en la cama donde dormía Alicia, la acompañante de vida de mi abuela.
La noche siguiente se repitió el acto, ésta vez sin el mismo grado de sentimientos posorgásmicos encontrados. Para pronto ya me había masturbado incluso en el comedor frente a la computadora, haciéndome pendejo, como si los tres retratos de mis abuelos no estuvieran atestiguando la sexualidad de su nieto.
Un mes después llegó la primera chica: dormimos en la cama del otro cuarto. Digo el otro cuarto pues no es en el que suelo dormir. Este otro cuarto es aquel que guarda aún la cama donde falleció mi abuela. Las sensaciones encontradas que tuve son casi imposibles de describir: un acto de vida sobre un lecho de muerte. Me recordó funébre y alegórico a Georges Bataille. Ha sido de las sensaciones de mayor libertad que he experimentado.
Mi abuela conservaba escondida en el armario una valija en madera de caoba sin inscripciones ni mayores particularidades que las que el tiempo puede imprimir sobre materia noble, es decir polvo y tal vez algún rayón no calculado. Ayer por la noche mi desbordante soledad y ocio me llevaron a extraer dicha maleta. La coloqué sobre la cama, me senté a un lado y la abrí con respeto profundo. Veinte agujeros tapizados en terciopelo rojo guardaban celosos diversos ojos de cristal. Había dos con leves cráteres de lascas faltantes. Los demás destellaban en sus diversos colores y composiciones. Mi bisabuela había pasado cuarenta años de su vida invirtiendo sus ojos derechos a fé y voluntad del día en cuestión. Mi madre y su hermana le tenían pavor y huían de su mirada cristalina y fría. La bisabuela murió y en la orden del testamento sólo heredaba a su hija "su mirada sobre el mundo" (textual). Los notarios al parecer tuvieron dificultades para interpretar dicha sentencia y poder finalmente otorgar plenos derechos a mi abuela sobre la caja de los viente agujeros.
Ahí estaba yo, muchos años después, sentado frente a la mirada sobre el mundo que había tenido mi bisabuela, que había heredado mi abuela, que había olvidado en el fondo del armario. Esas veinte aves inertes y yo. Esas diez musas dispuestas a observarlo todo. Diez musas para mi, para mi sólo en mi soledad. Después de darles el análisis y silencio merecidos, saqué uno por uno los astros cristalinos, los limpié con exhalo y esquina de sábana, y los fui colocando sobre el colchón en la cama de al lado, la de Alicia, esa en la cual, dicho estaba, dormía yo habitualmente. Una vez que mis veinte tuertas, mis diez musas, quedaron alineadas a lo largo del colchón, les contemplé abstracto durante algunos segundos. Fue inevitable, de pronto la sangre comenzó a hervirme. La erección fue rápida y dura. Comencé a sentir pulso apresurado y ansia, y con esta mezcla de terror me desvestí como pude, casi rasgando las prendas. Comencé de pie, con un vaivén extasiado de mi mano derecha sobre el pene, la izquierda sostenía los testículos y la usaba para mordisquear el comienzo del ano. Pronto me había acostado boca abajo sobre la cama de mi abuela: la fricción de la colcha comenzaba a maltratarme. Me volví bocarriba y eyaculé a los pocos segundos. Se detuvo la luz, la atmósfera celebraba atónita la vida y la muerte. Mi pequeño magnánimo episodio me hacía brotar lágrimas y risas. Me incorporé, el semen comenzaba a hacer costra sobre mi pecho. Sostuve el miembro y comencé a orinar prolíficamente las reliquias que yacían aún i nertes sobre el lecho de al lado...